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Dubai: el oasis del lujo y el exceso.

A Dubai no le basta con deslumbrar. Esculpida por el petróleo, este Oasis del exceso nació para apabullar, para erigirse en paraíso de los caprichos. Para ir siempre un paso más allá en la opulencia. El lugar en el que bucear con delfines, esquiar, cabalgar las dunas del desierto en un jeep; o ponerse a 300 Km/hora en un Ferrari es posible en una misma mañana. No ponga a prueba a Dubai y su genio de la lámpara petrolífera preguntándose qué es lo que en este pedazo de tierra bañado por el mar Arábigo usted no puede descubrir, comprar, comer o experimentar. Porque la urbe se alumbró para dárselo todo, por quintuplicado y con sobredosis de exclusividad. No pida tres deseos; pídalos todos. Pero cumpla con la única exigencia estipulada: es imperativo quedar boquiabierto.

 

La oda a lo superlativo

Los 35 kilómetros cuadrados por los que se extiende la ciudad de Dubai funcionan como un engranaje de pulverizar récords. Donde hace 50 años reinaba la hosquedad del llamado empty quarter (la región vacía) hoy conviven, apelotonados, el rascacielos más grande del mundo, el hotel más caro de la Tierra, el mayor parque temático construido... en una inacabable lista de extravagantes hitos que acabará reteniendo en la memoria, aunque no lo quiera. Porque si por algo hay querencia en la capital del Emirato –amén del barroquismo- es por enumerar, febril y presuntuosamente, el inventario de milagros urbanísticos que sus grúas han levantado a ras de cielo.

En una ciudad dominada por el artificio y pionera en modificar a placer los designios de la naturaleza, sorprende que su configuración la dicte un fenómeno natural, el Dubai Creek. Un brazo de mar que serpentea entre los edificios que arañan el cielo, antes de fundirse con el Golfo Pérsico. Desde las orillas de esta ensenada, dos Dubais antagónicas se miran frente a frente: al Este, la tradición con sabor árabe de zocos y callejuelas; y al Oeste, la majestuosidad, escenario de todas las fotografías de catálogo.

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